IBRACO CONCURSO... no comparto el fallo del jurado

LA LLAMA DOBLE… EL AMOR Y LA MUERTE

“Esta historia de amor —por curiosa coincidencia, como diría doña Arminda— comenzó el mismo día claro, de sol primaveral, en que el hacendado Jesuíno Mendonça acabó, a tiros de revolver, con Doña Sinhazinha Guedes Mendonça, su esposa, personalidad ilustre de la sociedad local, morena tirando a gorda, muy dada a las fiestas de la iglesia, y con el Doctor Osmundo Pimentel, dentista llegado a Ilhéus hacía pocos meses, mozo elegante, con pretensiones de poeta…” Jorge Amado

...pero la vergüenza de la infidelidad quedó relegada a segundo plano frente a las circunstancias de los cuerpos, eróticos al desnudo como las formas naturales del universo que conspiró tanto para el idilio como para el crimen.

También, como ella misma diría, hasta el sol padeció ante el sacrilegio, se fue sumiendo en su manto de nubes mientras la atmósfera se tornaba áspera y gris y luego oscura tormenta, -cual represión mental de una poderosa pasión truncada que buscaría refugio en otros corazones ávidos, igual de impetuosos y aún no declarados.
Sonia Santos llegaría con su madre poco antes de arreciar el primer aguacero de una mala racha primaveral y poco después que la noticia del doble asesinato empezara a recorrer el pueblo tan rápido como los balazos del fuego impotente y celoso. Su madre era puta y de las mejores, y Sonia el fruto de esos veinticuatro años de ejercer el oficio tras las bonanzas de cada puerto. Pero a ella, el nombre Ilhéus le causaba conmoción, desde mucho antes de los preparativos del viaje… lo escribía en la arena de la playa y soñaba con aquel hombre que se había ido inventando y que perfeccionaba noche a noche. Y al llegar allí, pisado el suelo de su maremagnun, descubrió que su hombre olería a eso, a Ilhéus.

Entre los estertores de la muerte, Sinhazinha se aferraba a Osmundo, a esas heridas como ventanas por donde podía entrar y salir buscando explicación a una especie de alegría indescifrable que trajo el dolor de la muerte de su amado, el dolor infame de la muerte, y recordó un verso de Quevedo que él le leía insistente de aquel poema conjetural y oráculo… “Alma a quien todo un Dios prisión ha sido, / venas de humor a tanto fuego ha dado, / médulas que han gloriosamente ardido:” El suyo era un amor equidistante al odio hacia su marido pero era un odio que complementaba la emoción –el equilibrio celestial del ama y aborrece-.

Caetano, salía de la taberna, como de costumbre, a pasarse por la Mansión del Rojo le había llegado el rumor de la nueva mercancía y eso lo excitaba más que nada, las nuevas… ¿A qué olerán? ¿Qué otras noches de ciudad se habrán impregnado en sus cabellos y pieles? Pero al doblar la esquina equivocada o del destino que nunca avisa del infortunio, un asalto a mano armada explotó en descargas de escopetas y revólveres muy cerca de la Mansión y el mismo proyectil que atravesó a la madre de Sonia se le encajó en el pecho, sacudiéndole el corazón, ella que corría en dirección del espanto cayó justo en sus brazos; fue cuando escucharía ese nombre como por primera vez, de los labios de quien se iba liberando, santificada al milagro de esta muerte.
En medio del beso postrero y ensangrado que Osmundo no alcanzó a otorgarle a su amante mujer ajena, Sinhazinha lo atajó en la luz pirotecnia del fin de su vida y en ese flash de los recuerdos cifrados volvió la imagen poética de Blake: “la eternidad está enamorada de las obras del tiempo”.

Pero Sonia Santos estaba viva golpeada en las certezas que siempre tuvo como la de que su madre gozaba de la juventud eterna y nunca se alejaría de ella; pero llena de la angustia, del impacto en el músculo del dolor de la muerte, golpeaba el último aliento imperceptible de su madre, quien se despedía sin voz, sin tacto, sin nada.
Caetano fuerte en su raza y terquedad fue sostenido justo en el umbral escabroso por un nombre que era todo en la nada y yacía de rabia al otro lado de la sala de urgencias del hospital desde donde un aroma nuevo, reconocido en una espera compartida, le atraía en espiral ya hacia el final feliz de sus días… Sonia en el buceo de sus lágrimas, con la nariz roja de payaso luego de la función, tembló tanto como el rayo que partió el purgatorio en dos y dejó sin electricidad por el resto de la noche a todo Ilhéus y en medio de la oscuridad empezarían a caminar hasta el ojo del huracán desatado por la llama doble del amor y de la muerte.

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