FERNANDO DENIS, SU ICOR



“La poesía de Fernando Denis se ha revelado a los mortales como una bebida embriagante y/o sanadora ante lo repetitivo de múltiples generaciones de poetas colombianos que se deban ante la incertidumbre de la originalidad tanto en la forma de ver el mundo como en la raíz misma de la existencia”.

Tú, con el mar ardiendo en los ojos, me dirás:
“Vine a mostrarte los colores de las cosas que sueñas”. F.D.


Por: Gustavo H. Arrieta López

Según  la mitología griega, “Icor” es un fluido claro que cumple la función de la sangre en los dioses, y es obtenido de la “ambrosía” y el “néctar” que éstos consumen. De  apariencia dorado, cuando un dios era herido y sangraba, el icor era venenoso para los mortales, matando inmediatamente a todos los que entraban en contacto con la sangre de un inmortal. Homero describe en la Ilíada (v.339–342) el momento en el que Afrodita fue herida por Diomedes:

Brotó la sangre divina, o por mejor decir,
el icor; que tal es lo que tienen los bienaventurados dioses,
pues no comen pan ni beben vino negro,
y por esto carecen de sangre y son llamados inmortales.

La remembranza
La primera vez que oí hablar de Fernando Denis fue en la década de los noventas cuando apenas me acercaba tímidamente a la poesía en el taller literario de la Universidad del Magdalena y su director el docente y escritor Martiniano Acosta lo referenciaba como el poeta cienaguero que vivía en Bogotá. Muchos años después lo conocí en persona en una de las versiones de la Feria del Libro de la capital y luego en un recital en Barranquilla. Después nos contactamos a través de una esas benditas redes sociales de la web y de un par de llamadas telefónicas para gestionar en Santa Marta  una  presentación de su libro. La última vez que supe de él me llamó para que le consiguiera ante las autoridades policivas locales protección y vigilancia para él, un grupo de cineastas y sus costosos equipos, ya que vendrían pronto a Santa Marta y a su tierra natal a filmar una “película” sobre su vida.

La academia
Iniciados mis estudios en cuarta cohorte de la Maestría en Literatura Hispanoamericana y del Caribe de la Universidad del Atlántico, en la materia Teorías Líricas orientada por el docente Gabriel Ferrer Ruiz, sabía que se repasarían muchos autores del Caribe, mis expectativas estaban puestas especialmente en autores del departamento del Magdalena, así fue que la sugerencia y comentarios sobre este autor por parte del profesor fueron tomados de inmediato: Fernando Denis.



Su vida y obra
Fernando Denis Sanjuán (Ciénaga, Magdalena, Colombia 1968).  Ha escrito La criatura invisible en los crepúsculos de William Turner (1.997), considerado uno de los mejores libros publicados en Colombia durante el siglo XX, Ven a estas arenas amarillas (2004) y El vino rojo de las sílabas (2007). Su poesía ha comenzado a despertar interés dentro y fuera de su país, y su último libro, La geometría del agua, publicado por Grupo Editorial Norma, presentado en la Feria del Libro de Buenos Aires, y en Maguncia, Museo de papel, grabado y estampa de Argentina, se está traduciendo al inglés, al francés, al alemán y al ruso. Contemporáneos como William Ospina (Premio Rómulo Gallegos 2008), Juan Gustavo Cobo-Borda y José Ramón Ripoll coinciden en señalar que Fernando Denis es una de las voces actuales más originales en la poesía de América Latina. Se preocupa también por el paisaje exterior, como el que contienen las tonalidades de la naturaleza. Algunos de sus poemas se inspiran en las pinturas crepusculares de William Turner. La cadencia y la sonoridad de sus poemas recrean imágenes, músicas y conceptos decimonónicos como el prerrafaelismo, corriente artística de la era victoriana que el autor declara seguir; en algunos versos como el de los monólogos de sus personajes femeninos, las voces tienen mucha fuerza íntima. La embajada de Colombia en Delhi y la academia de letras de la India, Sahitia Akademy, editaron sus poemas en inglés y lo condecoraron como el mejor poeta vivo de su país y una voz literaria sobresaliente de las letras contemporáneas. http://es.wikipedia.org/wiki/Fernando_Denis   

“Como sangre de los dioses para embriagarme”
Los poemas de Denis me llegan nuevos, como sangre de los dioses para embriagarme de vida, de la luz que a él lo convierte en esa “criatura invisible en los crepúsculos de William Turner”. Por eso nos hemos sentado durante estos últimos días a leer, letra a letra, palabra a palabra, imagen tras imagen, en compañía del licor más exquisito de las noches. En el decantar mi experiencia interior con su poesía descubro versos de un ser humano “iluminado”, aunque eso ya lo hayan dicho muchos.  Su lenguaje sacude de mis cánones; nombra, adjetiva de una manera insospechada. De pronto llega el poeta William Ospina para sentenciar:

Denis trasmite la enfermedad de la belleza. A veces puede pensar incluso que padece la maldición de la belleza. Nadie puede dudar de que está hechizado, de que sus palabras están hechizadas, y esa es la única condición para que surja esa cosa redentora y despiadada: la poesía”. Y brindis no se hace esperar.

El primer trago para las ánimas… “musas”
De esta manera, empiezo a “libar” de sus versos en un breve pero lento recorrido por su obra en busca de esa “enfermedad” de esa “maldición de la belleza” que le brinda la poesía, para irme encontrando con su luz bajo el amparo de mi propia sombra, brindando copa en mano del “agave azul”  elementos que nos develan tanto al ser humano poeta como a su obra.
De sobra conocida la vida bohemia de Fernando Denis desde que se alejó de la tierra que no lo haría profeta, le permitió fundar en Bogotá su imperio de poesía a retazos de vivencias, lecturas, amistades y enemistades como la vida misma. Dejando anclado su barco en el Caribe cienaguero,  los nuevos puertos parecían restos de naufragios. Desde su primer libro  “La criatura invisible en los crepúsculos de William Turner”  publicado en 1997, Fernando Denis demostró de qué estaba hecha su poesía y qué fantasmas rondaban sus entrelíneas. Girando alrededor del núcleo de esta obra del pintor inglés especializado en paisajes. Quien destelló desde sus pinceladas la señales que se matizarían entre los versos. Para mí el mar de Turner está navegado por metafóricas naos y su tripulación se me antoja corsaria, pirata, filibusteros y eso es sinónimo entre otras cosas de una ebriedad constante, tanto de ron y vino como de mareas y batallas.
Y en lo que a Fernando respecta es un viejo “lobo de mar”, por lo que extraigo su poema: OTRA VERSIÓN DEL MAR…
En los sitios donde la espuma teje su tela de araña, su manto azul,
su verdeante enciclopedia de luz y de sombra y de abismos,
el mar traza la geometría del agua,
y de su grave herida roja brota un crepúsculo manchado
de tierra y de cielo: gritan los acantilados de mármol, brama el mar
en el cuenco y en la palabra, en la luz de su tumba,
lima sus lenguas y sus dialectos de oro,
y su oro estremece mis días en la orilla, mi desesperada biografía de escribano,
mi cansada geografía de parajes anónimos,
de bosques y llanuras junto al violeta salvaje
donde deja sus huevos el pez leñador,
estremece mi tiempo alucinado de fabricante de relojes de arena,
los pájaros que llevo dentro en mi vida de árbol,
los nombres que llevo grabados para siempre
en mi vida de piedra.

 Son mares surcados como se surcan las grandes obras griegas, con los sentidos dispuestos a la travesía de los placenteros descubrimientos de mundos nuevos. Si hay algo que nos identifique con Denis es el ver más allá de ese horizonte que se llama nariz, él lo hace para presentarnos las constelaciones que creíamos conocer.

Su música…
“Oh noche,  espejo, mar incansable resonando como una cítara”… De nuestra idiosincrasia Caribe se han perdido y se perderán muchas costumbres pero la de escuchar música prevalecerá a través de los tiempos. Nos interpretamos bajo nuestros propios ritmos aunque los géneros y los instrumentos vengan de otras latitudes.
En su poema titulado precisamente Música resaltamos algunos versos para  descubrir al músico italiano Vivaldi:
                                                                No solamente has sido música para encontrarte.
También tu canto enrojeció los bosques donde fui forastero,..
Recuerdo que tu música en esas florestas era una piel.
Música de Vivaldi, violines rojos,
canciones de amor eterno, rojos aposentos para la ternura.
Todos los pájaros de esta isla solitaria saben que tu música
arrulla el silencio de la memoria mientras duermes.

Y nos muestra como la música está presente en todas partes y para probarlo la extrae de la inerte piedra por arte de alquimia en su poema titulado: Piranesi, canto de piedra, haciendo alusión al arquitecto italiano Giovanni Battista Piranesi y retornando a su hermosa imagen de los “violines rojo”:

Aquí siempre esa silueta, esa mano de mármol
recorriendo las calles,
dejando un color violeta en los espejos,
narrando las fuentes con susurros,
los balcones y las azoteas con voz de madera, y enfureciendo
los jardines con violines rojos después de la lluvia.
Nadie se ha sentido tan herido en Roma, nadie ha visto
esa música incesante que se desangra en el crepúsculo.







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