K-11 TAGANGA Por: Gustavo H. Arrieta López




Ella descamaba con maestría quirúrgica, ahí mismo en la orilla, lo recién pescado. Extraía con un dedo desde las agallas y de un solo “jalón”todas las vísceras para ir arrojándolas a ese mar de asfalto del atardecer al albedrío de peces, alcatraces y pelícanos.

Luego bajaba hasta Santa Marta a venderlos. Pero a duras penas distinguía la tablilla azul con letras negras, blancas y números rojos; en la medida que se acercaba la “busetica”, entrecerraba sus ojos para identificar mejor esos garabatos que ya casi había olvidado: 

-          “cosas de la escuela que a mí no me sirvieron pá ná”.- decía.

En verdad, ya todos los choferes de la ruta la conocían y aunque ella no estuviera ahí en el paradero, se detenían a mirar a lo lejos de la calle por si viniera a mitad de cuadra, por la iglesia Santa Ana,con su ponchera de aluminio.Yo mismo había sido testigo de algunas de esas absurdas paradas, porque ella nunca estaba a una hora exacta, ya fuera temprano en la mañana o cercano el mediodía. Solo habíamos coincidido en la misma buseta dos veces a eso de las nueve de la mañana cuando salgo para la biblioteca de la playa frente al parque Bolívar. El primer día que la vi me pareció una mujer ordinaria, busca pleitos, mal hablada y vulgar.

-          Nojodaaa, depende de cómo este la pejca y de lo que se venda, algunos días me va má mejor  que otros. Porque ajá… si la jalada  está mal y no se coge ná,  me toca rebuscarme en alguna otra cosita, eche… en lo que salga, yo me le mido a too…   cuando hay pescao, toca patonearla por los barrios de platica… yo con mi poncherita: “llevo el pescado freeesscoooo… llevo el pargo, la cojinoa, el bonito freeessscoo…” dependiendo de la temporá. Y eso que tengo una clientela fija que siempre me  encargan…

La segunda vez dejó de ser un pasajero más -compañera de viaje en el trayecto del destino-, yo iba a mis lecturas y ella a su casa en Taganga. Mujer dicharachera, entrada en años, con una falsa gordura que enmarcaba su espontaneidad.Me llamaba la atención la manera como la trataba el chofer y hasta el cobrador de la buseta y su forma de responder a ese trato. Ese día se subió a la buseta con su gran ponchera vacía y una bolsa negra repleta de ropa usada que“niña Empera” le había regalado y que el ayudante le recibió y acomodó prontamente debajo de uno de los asientos. 

-          ombe tronco ´e calor hace… carajo yeso que todavía no son las doce. 

Ese día por ir escuchando las historias de Chayo me pasé de mi lugar de destino y para cuando me vine a dar cuenta, la buseta ya iba subiendo por las estrechas curvas de la carretera que partía en dos los cerros del norte de la ciudad, pero resultaba grato escuchar sus cuentos de otros tiempos… indios y sus guacas… brujas y sus hechizos… extranjeros y sus “inversiones”…  santos y sus milagros… Yo había decidido seguir la ruta hasta el balneario, dar la vuelta y regresarme en la misma, tratando de pasar desapercibido del conductor para que no me cobrara el pasaje de regreso.Cuando“Chayo” pidió la “próxima” ahí frente a esa otra iglesia,la de San Francisco de Asís, con su ponchera y su bolsa.

Las personas que iban en la silla de atrás murmuraron en un tono burlón algo que no alcancé a entender, sacándome de ese embrujo Sherezade, y me quedé con las ganas de volver a coincidir en la ruta.
Le dimos la vuelta al pueblo, los nuevos pasajeros, el chofer, su ayudante y yo descubrimos un tumulto que se conglomeraba en manada en la estación de policía. Chayo quien a grandes voces de vulgaridades y maldiciones, con una máscara de sangre e ira, se enfrentaba a otra mujer:

-          ­…yo se lo advertí a esa bruja, que si se volvía a meter conmigo la iba a arrastrar…porque ella no sabe quién soy yo…porque aquí todo el mundo  sabe… que vende vicio y hasta su propia hija se la mete por los ojos a los extranjeros…

No volví a encontrármela. Con el transcurrir de los meses ya había escrito varias de las anécdotas que le llegué a escuchar en aquellas dos ocasiones. Para las vacaciones de diciembre, armamos un paseo familiar al balneario, ya saben: eso de bañarse en el mar, almorzar en alguno de los kioscos típicos, comprar una que otra bisutería a los artesanos del camellón y eso sí, llevar del mejor pescado fresco para la casa. Como de costumbre usamos el transporte público, pero al salir del mercado y doblar hacia la K-11 el trancón era monumental, media hora nos demoramos en llegar al Mirador y allí nos enteramos por la muchedumbre que bajaba en procesión que “Ella” había muerto hace tres días… y recordé a aquella otra “Mamá Grande” de la literatura. 

Cuentan que el chofer estaba recién llegado a la ciudad, que era reinsertado y además estaba enguayabado. Andaba a toda velocidad regateando con otro, en la mal llamada  guerra del centavo. Ella no venía a mitad de cuadra, yo salía a penas de la casa hacia el paradero. Chayo atravesaba la carrera 24 entrecerrando sus grandotes ojitos, buscando, buscando… como tratando de descifrar el espejismo de la manchita azul, blanca, negra y roja a lo lejos, esos garabatos que no aprendió en la escuela y con su ponchera aún llena de los frutos del mar, pero con una bolsa de zapatos usados de toda la familia de la niña Empera.

-          ombe tronco ´e calor hace… carajo y eso que todavía no son las doce. 

Se acababa de persignar frente a la misma casa del dios verdadero, justo en medio de la K-24. Cuando pudo leer por fin en todos los idiomas del mundo lo que decía realmente la bendita tablilla de la ruta hacia Taganga.